La medida en la que importan los líderes es una cuestión que viene de antiguo y para la que aún no existe una respuesta satisfactoria. A pesar de siglos de reflexión y estudio, este asunto aún sigue siendo controvertido. Lo que está fuera de toda duda, sin embargo, es que los líderes se mueren. Y, cuando lo hacen, las economías nacionales pueden sufrir cambios importantes e inesperados, según la investigación llevada a cabo por Benjamin Jones, profesor universitario de dirección y estrategia en Kellogg, y su colega Benjamin Olken (miembro de la Harvard Society of Fellows).

Su informe en The Quarterly Journal of Economics proporciona pruebas evidentes de que los cambios imprevisibles en el liderazgo de un país, debidos a la muerte por accidente o enfermedad de sus dirigentes, pueden desencadenar a su vez cambios en el crecimiento del producto interior bruto (PIB). A la vista de este nuevo hallazgo, el control que ejercen sobre las economías las enormes instituciones políticas parece mucho menos imponente de lo que se creía hasta ahora.

Economistas, historiadores y politólogos han debatido durante mucho tiempo el papel que desempeñan los líderes. Marx sostenía que éstos apenas pueden elegir entre opciones que están estrictamente limitadas por factores que escapan con mucho a su control. Aun más desdén mostraba Tolstoy, que los veía como meros productos cuya importancia se concebía a posteriori para explicar sucesos que escapaban por completo a su influencia. Desde ese punto de vista, los «Grandes Hombres» de la Historia, según la observación de Thomas Carlyle, no aparecen por ningún lado.

Lo que no significa que los grandes personajes, o al menos los más idiosincrásicos e influyentes, hayan quedado desprestigiados por completo como motores del cambio. El historiador británico John Keegan atribuye la historia política del siglo XX a seis hombres: Lenin, Roosevelt, Churchill, Hitler, Stalin y Mao. Salvando el abismo existente entre las concepciones extremas, en blanco y negro, del liderazgo, Max Weber y otros propusieron equilibrios cambiantes entre instituciones, presiones sociales y personas «carismáticas» como impulsores de la Historia.

Durante su etapa como ayudante especial del subsecretario del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el profesor Jones vio de primera mano cómo las personas, con carisma o sin él, podían ejercer una tremenda influencia sobre las organizaciones que dirigían. Pero los líderes cuasi monárquicos que vio diseminados por la administración y por el mundo no habían captado la atención plena y prolongada de los economistas académicos.

«El estudio de los líderes como referentes importantes a la hora de comprender el crecimiento está infrarrepresentado en la literatura económica, que hace hincapié sobre todo en las fuerzas sociales y tecnológicas», afirma Jones. «Los economistas habrían concedido a los líderes capacidad de influencia, pero supusieron que no tendrían mucha repercusión.»

A medida que se fue interesando cada vez más por el estudio del capital humano y de la inversión en personas, Jones quiso comprender los mecanismos y límites de la influencia de las personas sobre los fenómenos a gran escala. Se formulaba la siguiente pregunta: «¿Se sumarían esas influencias aunándose para afectar al crecimiento de una economía?»

Para comprobar el poder de los líderes, Jones y Olken recopilaron datos sobre todos los líderes nacionales del mundo desde la Segunda Guerra Mundial y los compararon con las Penn World Tables, una base de datos de información económica mundial. Hallaron descripciones de 1.108 líderes distintos de 130 países, lo que engloba esencialmente todas las naciones desde 1945 a 2000. Los cánceres, ataques cardíacos, derrames cerebrales y las muertes por otras causas naturales acabaron con la vida de sesenta y cinco de dichos líderes mientras ejercían su cargo. Otros doce murieron en accidentes relacionados con el fuego, el agua e incluso la equitación.

A fin de que sus análisis reflejasen realmente las repercusiones exclusivas de líderes individuales, Jones y Olken tuvieron que asegurarse de que las muertes fuesen aleatorias y no estuviesen relacionadas con características subyacentes de la economía. Por este motivo, se cuidaron de excluir a los veintiocho líderes que fueron víctimas de un magnicidio, ya que dichas muertes a menudo están relacionadas de una forma u otra con factores políticos y económicos. De los setenta y siete líderes fallecidos que no fueron asesinados en el cargo, veinte tampoco pudieron incluirse en el estudio debido a la ausencia de suficientes datos económicos, por lo que Jones y Olken tuvieron que centrarse en cincuenta y siete líderes.

Una vez identificados los líderes fallecidos de forma aleatoria, Jones y Olken midieron la repercusión que tuvieron estos sobresaltos en el liderazgo sobre las economías nacionales, si es que tuvieron alguna. Concibieron pruebas empíricas para evaluar las medidas anuales de renta personal media, comparando los cambios económicos durante periodos de tres a siete años antes y después de las cincuenta y siete muertes. Si los líderes repercutían en las economías de sus naciones, los modelos detectarían las diferencias en el crecimiento económico entre los periodos anteriores y posteriores a su fallecimiento.

La repercusión de los líderes sobre el crecimiento fue sustancial. Las economías se vieron sensiblemente afectadas y perturbadas mucho más de lo normal tras las transiciones de liderazgo inesperadas. Un indicador de la variación del crecimiento mostró un 31% más de variabilidad tras las muertes de los líderes de lo que cabría esperar normalmente.

Pero, ¿qué es un líder nacional sin una nación que dirigir? ¿Acaso algunas naciones están más dispuestas o tienen mayor capacidad que otras para resistir la influencia de sus líderes? Reconociendo que las circunstancias sociales y políticas podrían tener un impacto profundo en la influencia económica de los líderes, Jones y Olken examinaron sus datos con mayor minuciosidad aún. Analizaron si las diferencias en el gobierno, la renta y la disgregación étnica afectaban a la capacidad de recuperación de las economías ante un cambio de liderazgo.

No todas las formas de gobierno son igualmente sensibles a los cambios aleatorios en el liderazgo. Las democracias, donde la influencia del ejecutivo suele quedar atemperada, por regla general, por la existencia de unos poderes legislativo y judicial independientes, se mostraron ajenas a la influencia de las personas sobre el PIB. No obstante, la muerte de los líderes desencadenó cambios económicos sustanciales en los regímenes dictatoriales, en los que existía, por regla general, una competencia limitada por el liderazgo y en los que el ejecutivo apenas estaba sometido a algunos controles. Especialmente vulnerables fueron las dictaduras sin partidos políticos y aquéllas cuyos líderes habían llegado al poder mediante un golpe de estado. En resumidas cuentas, los líderes fueron tanto más importantes cuanto menor fue la importancia de las instituciones. En comparación con estas repercusiones del gobierno, los patrones de pobreza e identidad étnica dentro de un país tuvieron poca o ninguna repercusión sobre el crecimiento.

La repercusión del liderazgo sobre el crecimiento, aunque drástica en las dictaduras, no resultó buena o mala sistemáticamente. Algunas transiciones de liderazgo amplificaron o minimizaron tendencias ya existentes, en tanto que otras desencadenaron drásticos giros radicales. Algunas economías se expandieron y otras se contrajeron. Después de la muerte de Mao en 1976 (véase la Figura 1), el crecimiento de China alcanzó el 5,9% anual. Esta cifra casi triplicó el crecimiento anual más modesto del 1,7% anterior a su muerte. En marcado contraste con la Revolución Cultural y otras políticas que probablemente retrasaron el crecimiento bajo el mandato de Mao, su sucesor, Deng Xiao-Ping, goza de amplio reconocimiento como artífice del acercamiento de China a las políticas orientadas al mercado.

Figura 1: Crecimiento y muertes de líderes, China

«Nos sorprendió ver repercusiones en un indicador de tanta envergadura como es el crecimiento económico», señalóoacute; Jones. «Pensábamos que veríamos repercusiones sólo entre un conjunto más sutil de políticas.»

A continuación, Jones y Olken analizaron políticas más sutiles tratando de identificar factores económicos concretos susceptibles a la influencia de los líderes que contribuyesen a explicar los cambios a gran escala en el crecimiento. Estudiaron el papel de las políticas monetarias, fiscales, comerciales y de seguridad. Para ello, midieron las tasas de inflación, el gasto público, el comercio internacional y los conflictos armados, respectivamente.

Los líderes dictatoriales, supuestamente más cruciales que los bancos centrales a la hora de fijar la política monetaria, influyeron en las tasas de inflación. La investigación adicional realizada por Jones y Olken sugiere que las muertes de líderes desencadenaron cambios en la oferta monetaria. Existen pocos indicios, no obstante, de que el liderazgo personal repercutiese sobre las políticas fiscales, comerciales y de seguridad.

Que esta investigación descubriese alguna influencia de personas concretas sobre los indicadores económicos nacionales resulta significativo. Pero descubrir que una persona pudiera manipular algo tan sustancial como el PIB es transformativo. Este trabajo señala posibles mecanismos subyacentes a los cambios, a menudo radicales, en el crecimiento de los países en vías de desarrollo. También se replantea el papel, menos coherente de lo que se pensaba, que desempeñan las instituciones sociales y políticas como agentes del desarrollo económico. Las democracias pueden ser capaces de proteger a los países de catástrofes económicas como las sufridas por Zimbabue bajo el mandato de Mugabe, pero también pueden dar al traste con políticas acertadas, como las adoptadas por Deng Xiao-Ping en China, coartándolas.

Movidos por su interés y la fecundidad que aún conservan sus datos, Jones y Olken prosiguen su investigación sobre líderes, muertes y transformación nacional. Recientemente, han presentado su nuevo trabajo, «Hit or Miss? The Effect of Assassinations on Political Institutions and War», en la reunión anual de la Asociación Económica Estadounidense (AEA, por sus siglas en inglés). Este nuevo documento, al igual que su trabajo anterior, muestra cómo sucesos aleatorios aparentemente triviales, como las mutaciones cancerosas y el nerviosismo a la hora de apretar el gatillo, pueden alterar el curso de la Historia.