Mientras que la economía de algunos países sigue su avance con paso firme —incluso rápido— a medida que pasan los años, la de otros permanece estancada. Aunque las variables económicas convencionales, tales como la productividad y la disponibilidad de capital, explican las diferencias internacionales, otras siguen sin explicación. Las disparidades de desarrollo económico a menudo obedecen a factores culturales. “La cultura y la economía se mueven juntas”, afirma Paola Sapienza, profesora de finanzas de la Kellogg School. Pero ¿acaso la cultura es el producto del desarrollo económico o viceversa?

El debate se remonta a los tiempos de Karl Marx, que opinaba que la gestión económica está detrás de todo. Por ejemplo, Marx consideraba que la religión era el opio del pueblo y que la imponían las instituciones económicas en beneficio propio. Pero otra opinión, la de Max Weber, daba más crédito a la cultura. Él postulaba que partes de Europa se habían desarrollado antes y con más vigor que otras debido a la influencia de la ética de trabajo protestante.

¿Quién tiene razón? Tradicionalmente, los economistas se han inclinado por el punto de vista marxista, afirma Sapienza, al menos hasta hace poco.

Un viaje a Europa
Hasta hace apenas unas cuantas generaciones, los arreglos de convivencia familiar en el norte y el sur de Europa eran muy similares. Pero últimamente se notan grandes diferencias. En el sur de Europa, los hijos tienden a seguir viviendo con los padres mucho más tiempo que en el norte. “Esto tiene enormes consecuencias”, explica Sapienza. “Si viven en el hogar paterno hasta los cuarenta años, tienen menos hijos. Sabemos que el crecimiento demográfico es muy, muy importante para el desarrollo económico, así que cabe preguntarse: ¿por qué tanta diferencia?”

La explicación económica, naturalmente, es que, debido al alto índice de desempleo y la carestía de la propiedad inmobiliaria en el sur de Europa, los hijos sencillamente no pueden permitirse el lujo de abandonar el hogar de sus padres. Esta es una explicación “perfectamente racional”, dice Sapienza, que demuestra que la economía “explica” las normas culturales.

Pero existe otra posibilidad. La revolución sexual que se desató en el mundo occidental a principios de los años 60 modificó los usos y costumbres de la convivencia con los hijos en casa. Si antes el deseo de entablar una relación seria de pareja incentivaba a muchos a abandonar el hogar paterno a una edad temprana, hoy en día para independizarse en ese aspecto ya no es preciso irse de casa. Sin presiones de esa índole (y gozando, por añadidura, de alojamiento gratuito, comidas caseras y hasta servicio de lavandería, por lo menos en el acogedor seno familiar de la Europa meridional) uno se pregunta si a los hijos adultos les queda el más mínimo aliciente para abandonar el hogar paterno. La cultura puede muy bien estar dirigiendo el crecimiento económico.

Traen consigo su cultura
Para desentrañar con éxito la relación entre la cultura y la economía hay que tener presente un hecho clave: los inmigrantes inevitablemente traen consigo algunas de sus viejas tradiciones culturales. En 1997, por ejemplo, en Nueva York una pareja dejó a su hija de 14 meses desatendida en la calle mientras comían en un restaurante. Los transeúntes vieron a la criatura llorando en su cochecito y llamaron a la policía, que acusó a los padres de poner en peligro el bienestar de un niño.  La detención provocó un gran revuelo en la Dinamarca nativa de los padres, donde es común dejar a los bebés fuera de los restaurantes y las tiendas mientras que los padres desarrollan en ellas sus actividades.

Otras costumbres —entre ellas algunas de mayor trascendencia económica, como la disposición a acatar las reglas— también cruzan las fronteras. En 2006, el economista Ray Fisman contó el número de multas por estacionamiento prohibido que se habían impuesto a los diplomáticos de las Naciones Unidas. Como estos gozan de inmunidad diplomática y no tienen obligación de pagarlas, el único motivo por el cual se abstendrían de estacionar de forma ilegal sería que han asimilado una norma cultural  que les compele a no infringir las reglas. Efectivamente, Fisman observó que los diplomáticos de países muy corruptos tendían a acumular más multas que los de países con bajos niveles de corrupción.

Los economistas han sabido sacar partido a la tendencia a traer la cultura consigo para estudiar los hábitos económicos de los inmigrantes y sus familias. "En cierto modo, con los inmigrantes uno cuenta con un experimento casi natural", dice Sapienza. "No es perfecto porque, claro está, los inmigrantes se seleccionan a sí mismos. Pero uno tiene a estas personas que están lejos de su entorno”.

Y su manera de comportarse en un nuevo país ofrece pruebas convincentes de que la cultura con frecuencia demuestra ser independiente del contexto económico y que, a su vez, puede desempeñar un papel causal en la formación de la economía. Por ejemplo, los inmigrantes parecen seguir practicando las costumbres de ahorro adquiridas en su país de origen. E incluso sus hijos tienden a tomar las mismas decisiones de trabajo y fertilidad que los nacidos en el país de origen. De hecho, en el estudio sobre arreglos de convivencia, la economista Paola Giuliano de la UCLA demostró que los hijos e hijas de los inmigrantes europeos de primera generación en Estados Unidos se comportan de acuerdo con la división geográfica en Europa: los inmigrantes del sur de Europa viven en casa de sus padres con más frecuencia, mientras que los del norte tienden a independizarse más temprano. Es un hecho notable, porque todos estos inmigrantes se encuentran en el mismo contexto económico y es la cultura lo que guía sus decisiones.

La confianza y la economía
El reconocimiento de que las actitudes culturales pueden influir en las decisiones económicas suscita la siguiente pregunta: ¿qué actitudes? A lo largo de los años, la mayor parte de las investigaciones de Sapienza se han centrado en la confianza. “Mi opinión siempre ha sido que la confianza es una variable de índole puramente cultural que con frecuencia se transmite de padres a hijos”, afirma. “Cabe recordar la recomendación en algunas culturas de ‘no fiarse de nadie’”. Criarse en un ambiente donde a uno se le dice que no hable con extraños ni se fíe de los funcionarios públicos lo predispone a esperar lo peor de cada encuentro con otra persona y con el Estado y a actuar en consecuencia.

Las consecuencias económicas de la falta de confianza pueden ser enormes. “La confianza es por antonomasia uno de los ingredientes más importantes de las transacciones económicas”, dice Sapienza. Por supuesto, todos podemos —y debemos— celebrar contratos. Pero ningún contrato puede cubrir todas las eventualidades. Según Sapienza, “es necesario tener confianza en que se podrá cooperar con la persona con la que se está negociando para solucionar los imprevistos”. “Si bien la confianza es fundamental para todo el comercio y la inversión, lo es más si cabe para los mercados financieros, donde la gente se desprende de su dinero a cambio de promesas”.

Los niveles de confianza difieren tremendamente de un país a otro. En Brasil son muy bajos; en los países del norte de Europa, mucho más altos. Y la confianza es particularmente persistente. En parte, esto viene a ser una reacción lógica ante la realidad: si uno vive en una sociedad en que hay poca confianza, "lo mejor es enseñar a los hijos a no confiar", afirma Sapienza, "porque si uno es el único confiado se expone a que alguien lo agarre desprevenido y se aproveche de él. En una cultura donde reina la confianza, y por lo tanto hay comportamientos más cooperativos, lo mejor que se puede enseñar a los hijos es precisamente a confiar en los demás. Esta transmisión de actitudes culturales puede tener grandes consecuencias económicas”.

Vivir sin confianza
Sapienza ha observado que donde los niveles de confianza son bajos la gente tiende a celebrar menos contratos financieros. Huelga señalar el perjuicio que eso supone para el desarrollo económico. "Hay peor repartición financiera”, afirma Sapienza, “porque el mecanismo fundamental de una economía de mercado libre estriba en reconocer que la gente que posee el capital no es necesariamente la que tiene las ideas. Para sacarle fruto al capital, es imprescindible lograr que circule”.

Otro estudio de Sapienza demuestra que el grado de confianza recíproca entre los ciudadanos de un país europeo y otro influye en su voluntad de concertar transacciones financieras mutuamente beneficiosas. Los países de distinta religión, los que se han hecho la guerra, los que tienen menos semejanzas genéticas o los que simplemente albergan estereotipos negativos del otro tienen menos probabilidades de comerciar entre sí y de realizar inversiones mutuas.

Pero la confianza no sólo difiere de una nación a otra. En otro estudio, Sapienza y su colegas observaron que, incluso dentro de un mismo Estado, las personas más confiadas poseen carteras de valores de mayor riesgo: "Los que creen que generalmente se puede confiar en los demás... terminan poniendo su dinero a trabajar", afirma Sapienza. "Invierten más en la bolsa y en activos más arriesgados, obteniendo a la larga mayores réditos".

La persistencia del crecimiento
Sapienza estima que los niveles de confianza relativamente altos que hay en el norte de Italia —y otras partes del mundo— tienen precedentes históricos. En la Edad Media, numerosas ciudades del norte de Italia, a diferencia de muchas del sur, "se rebelaron contra el emperador y se transformaron en ciudades estado libres", explica. La empresa exigió una enorme cooperación entre varias partes y dio lugar a un estilo de gobierno mucho más abierto y transparente. “Lo que argumentamos en un artículo es que esa experiencia condujo a los ciudadanos a confiar en su capacidad de cambiar las cosas", afirma Sapienza. Las ciudades italianas que se convirtieron en ciudades estado libres hace más de 800 años hoy en día tienen más organizaciones sin fines de lucro, participan en más donaciones de sangre y de órganos y crían hijos menos propensos a hacer trampa en los exámenes nacionales. Que la historia engendra la cultura no es una idea totalmente novedosa. Nathan Nunn, profesor de la Universidad de Harvard, ha observado que los bajos niveles de confianza que persisten hoy en día en algunas partes de África se dan precisamente en las regiones donde el comercio de esclavos causó los mayores estragos.

Pero tal vez la historia no tiene que ser el destino. A Sapienza y otros economistas les gustaría encontrar la forma de aumentar los niveles de confianza en regiones donde han sido históricamente bajos, particularmente en los lugares donde las barreras al desarrollo económico —tales como la discriminación legalizada— ya se han eliminado.  Pero el cambio no se logrará fácilmente. "¿Por dónde empezar?", pregunta Sapienza. "El que no se fía de nadie no participará en transacciones y, naturalmente, el sistema no lo recompensará, por mucho que los cambios institucionales hayan eliminado la discriminación. Lo que es más importante aún: el desconfiado enseña a sus hijos a desconfiar, creando así un ciclo del que es difícil escapar".