Nuestra vida y nuestras carreras están llenas de ejemplos de comportamientos falsos. Fingimos sentir interés en reuniones o nos reímos de los chistes malos del jefe para ser buenos miembros del equipo, estrechar relaciones y alcanzar metas comunes. Es la forma de congeniar con los demás... y, para algunos, de abrirnos camino.

Pero, según Maryam Kouchaki, profesora de gestión y organizaciones de la Kellogg School, la falsedad crónica pasa factura. En su más reciente investigación, Kouchaki, con Francesca Gino de Harvard y Adam D. Galinsky de Columbia, demuestran que la falta de autenticidad de hecho nos crea sentimientos de inmoralidad.

“No debemos pasar por alto el malestar psicológico que produce el comportamiento falso”, dice. “Lo mismo que un acto inmoral contraviene los principios de la moralidad por los que se rige la mayor parte de la sociedad y produce sentimientos negativos, un acto de falsedad constituye una traición a nosotros mismos y nos puede hacer sufrir de manera similar”.

Repugnancia de sí mismo
La investigación de Kouchaki es la primera demostración empírica de que la autenticidad y la moralidad están vinculadas en ese sentido. A lo largo de cinco experimentos, ella y sus colaboradores descubrieron que cuando se les pedía a los participantes recordar “una época de su vida o de su historia profesional en que su conducta les hubiera hecho sentirse falsos” expresaban más sentimientos de impureza moral que cuando recordaban una experiencia neutral. En una escala de 7 puntos, los que describieron un comportamiento falso calificaron sus sentimientos de impureza con una media de 3,56, en comparación con la de 1,51 del grupo testigo.

Los investigadores observaron asimismo que recordar sus faltas de autenticidad despertaba en los participantes un anhelo de purificarse. En una prueba posterior en que tenían que proponer palabras para rellenar vacíos, los participantes que redactaron ensayos sobre sus conductas falsas generaron más palabras relacionadas con el aseo (tales como lavarse, ducharse y jabón); expresaron más interés en productos limpiadores (como el jabón Dove, el dentífrico Crest y el detergente Tide) que en productos neutros (tales como las hojitas autoadhesivas Post-it, las pilas Energize y las barras de chocolate Snickers); y demostraron sentir más deseos de limpiarse (tomar una ducha o lavarse las manos) que de hacer algo neutral (como ver la televisión o escuchar música). “Tan solo recordar comportamientos falsos nos hace sentir sucios”, afirma Kouchaki.

Y los sentimientos de impureza persisten aun cuando no haya sido por iniciativa propia que actuamos con falsedad. En un experimento distinto, se planteó la pregunta a un grupo de estudiantes de si las descripciones de cursos deberían incluir una indicación de su nivel de dificultad.

Posteriormente, tuvieron que redactar un ensayo: unos en defensa de la opinión que acababan de expresar, los demás en defensa de la opinión contraria a su manera de pensar. Los que redactaron ensayos en contra de lo que verdaderamente pensaban mostraron tener más deseos de purificación que los que defendieron su sincera opinión, pese a que habían defendido esa postura por orden de los investigadores.

Compensación moral
Si la falta de autenticidad nos hace sentir menos puros, ¿qué hacemos para redimirnos? “Los sentimientos de impureza o inmoralidad constituyen una amenaza para el concepto que uno tiene de su propia moralidad”, dice Kouchaki. “Y cuando ese concepto se pone en entredicho, es preciso defenderlo”.

Una forma de contrarrestar los sentimientos de impureza consiste en limpiarse físicamente, tal como se desprende de los deseos de los participantes en los experimentos anteriores. Pero no es la única estrategia. En un experimento de seguimiento, los investigadores observaron que sentirse falso puede provocar el deseo de adoptar conductas “prosociales”, tales como ofrecer ayuda o donar dinero. Cuando se ofreció la opción de contestar una encuesta de 15 minutos de duración para ayudar a los investigadores, un tercio de los que recordaron casos de comportamientos falsos lo hicieron; solo el 17 por ciento de los que habían escrito sobre ocasiones en que habían sido fieles a sí mismos aceptaron ayudar. (Curiosamente, aquellos a los que se les dio la oportunidad de lavarse las manos dejaron de sentir la necesidad de comportarse de manera prosocial).

Bien sea mediante la limpieza o mediante el altruismo, todos estamos dispuestos a defender nuestra identidad como seres morales. “Todos tenemos una zona de bienestar en lo que se refiere al concepto de nuestra propia moralidad”, dice Kouchaki. La zona del santo puede ser distinta a la del asesino, pero la dinámica fundamental sigue siendo la misma: cuando actuamos de manera falsa, buscamos la manera de regresar a esa zona de bienestar. “Cuando faltamos a nuestra  autenticidad, contraemos una especie de deuda moral”.

Los costos del esfuerzo emocional
El hecho de que la falta de autenticidad sea una amenaza para nuestro sentido de la moralidad puede arrojar luz sobre ciertos aspectos del lugar de trabajo moderno. Tomemos, por ejemplo, el grado de empeño que ponen los empleados en su trabajo. Según una encuesta Gallup de 2013, solo el 13 por ciento de los asalariados de todo el mundo están comprometidos con su trabajo. Y aquellos que lo abandonan entre las causas a menudo citan la frustración, el agotamiento, la desilusión y la discordancia con sus valores personales.

Kouchaki cree que esta falta de compromiso por parte de los empleados tal vez se deba   en parte al sufrimiento moral. ´Los comportamientos que conducen a la alienación del individuo de sí mismo tienen siempre un efecto”, dice.

El personal de un hotel, por ejemplo, debe prodigar sonrisas forzadas y tratar con impecable educación hasta al viajero más odioso. Kouchaki denomina esto “actuación superficial”, un comportamiento común entre aquellos cuyo empleo depende de los buenos modales y del constante control de sí mismos. “Este tipo de sacrificio emocional tiene sus consecuencias”, dice.

Vale la pena que los directores de empresa tengan presente estas consecuencias. Si la falta de satisfacción de los empleados está basada en una vulneración, aunque sea subconsciente, de sus valores morales, puede que valga la pena preguntarse hasta qué punto se les permite ser fieles a sí mismos en el desempeño de sus funciones. “Parece cierto que actuar de acuerdo consigo mismo, sus emociones y sus valores es un aspecto fundamental del bienestar”, dice Kouchaki. Tal vez los empresarios quieran tener esto en cuenta. Saber que la falta de autenticidad entraña un costo y que las conductas prosociales” (como asistir a un colega o servirle de mentor) “mejoran el concepto que uno tiene de su propia moralidad es algo que los empresarios podrían tener presente a la hora de diseñar sus organizaciones”.

En otras palabras, es importante tomar en cuenta que la impresión de estar traicionándose moralmente a sí mismo es algo distinto de los demás estados de ánimo negativos como son la confusión, la falta de respeto o el agobio. Las instrucciones claras, los comentarios positivos y los horarios flexibles sin duda se agradecen, pero para los directores de empresa que quieran mantener a sus empleados comprometidos durante el mayor tiempo posible, entender que necesitan mantener un buen concepto moral de sí mismos puede ser clave.

Claro está que ser fieles a nosotros mismos es un asunto complicado. “Los seres humanos tenemos múltiples identidades, y todo depende de cuál de ellas predomina en un momento dado”, dice Kouchaki. Los cambios de identidad se suceden a diario: de padres a profesionales, de socios a amigos.

Aun así, puede que valga la pena intentarlo. “Yo diría que mantenerse fiel a sí mismo, aunque difícil, es importante, porque está visto que apartarse demasiado de los valores personales entraña un costo”.