Las empresas farmacéuticas alemanas estuvieron entre las primeras en explorar el potencial comercial de los descubrimientos sobre ingeniería genética en los años setenta. Hoechst, Boehringer-Mannheim y otros fabricantes de medicamentos grandes y diversificados crearon laboratorios propios especializados en las nuevas tecnologías y se aliaron con científicos universitarios de todo el mundo. Sin embargo, para principios de los noventa, era evidente que estos primeros pioneros se habían quedado rezagados mientras que algunas empresas que llegaron tarde a la biotecnología les adelantaron a pasos acelerados. ¿Qué sucedió?

Una nueva investigación de Klaus Weber y sus colegas sostiene que el movimiento antibiotecnológico en Alemania alteró la dinámica de la toma de decisiones corporativas. El movimiento creó incertidumbre que hizo que las inversiones en biotecnología pareciesen arriesgadas, afirma Weber, profesor contratado doctor de gestión y organizaciones en la Kellogg School of Management. Dicha incertidumbre, sostiene, socavó la influencia de los defensores internos de la nueva tecnología, al tiempo que afianzó la posición de quienes se hallaban en campos consolidados. Las empresas farmacéuticas alemanas diversificadas orientaron sus recursos hacia negocios más predecibles como los productos químicos y de consumo masivo o trasladaron sus operaciones biotecnológicas a otros países, incluidos Francia, Japón y EE.UU.

Entre tanto, las empresas no diversificadas sin negocios alternativos se preocuparon menos por la incertidumbre de sus proyectos en biotecnología, señala Weber. Los «factores de negocio» normales —el acceso al know-how, las patentes y los recursos financieros— no explican su éxito en comparación con los resultados de su competencia diversificada.

Una nueva mirada al movimiento antibiotecnológico
La investigación de Weber ofrece una nueva perspectiva sobre cómo los movimientos de carácter social repercuten en la toma de decisiones corporativas. Estudios anteriores han identificado varias vías por las que los movimientos sociales influyen en el comportamiento corporativo, como presionar a favor de la regulación pública u organizar boicots de consumidores y acciones judiciales promovidas por accionistas. Dichos estudios conciben las sociedades como actores unitarios que responden a las presiones externas según unos intereses bien definidos.

Este marco, sin embargo, no explica del todo las reacciones de las empresas farmacéuticas alemanas, dice Weber. Los activistas antibiotecnología no lograron perturbar el desarrollo de las operaciones de las empresas ni conseguir el apoyo de los accionistas. La normativa adoptada en Alemania en 1989 permitía la comercialización de biotecnología, aunque con determinadas garantías.

El marco de Weber, en cambio, concibe las sociedades como entidades heterogéneas que se hallan vinculadas a y afectadas por una economía política externa. Weber descubrió que los movimientos sociales pueden afectar a las sociedades privadas mediante dos mecanismos: amenazando la imagen y la posición de las élites corporativas, lo que dificulta formar coaliciones amplias, y creando incertidumbre inversora, lo que afecta al modo en que se evalúan las inversiones dentro de las sociedades.

Los ejecutivos de las empresas farmacéuticas alemanas grandes y diversificadas no cedieron a la presión conscientemente, mantiene Weber. Más bien, el movimiento antibiotecnológico impidió la formación de coaliciones internas efectivas en apoyo a la biotecnología. «Los efectos fueron más sutiles», comenta. «No se trataba de rendirse o ganar.»

Para su estudio, Weber y sus colegas Hayagreeva Rao, profesor en la Universidad Stanford, y L. G. Thomas, profesor en la Universidad Emory, recopilaron información detallada sobre el movimiento antibiotecnológico y sobre seis empresas farmacéuticas alemanas nacionales entre 1980 y 1990. Las seis empresas —Bayer, BASF, Boehringer-Mannheim, Boehringer-Ingleheim, Hoechst y Schering AG— representaban el 80% del segmento dedicado a la investigación intensiva de la industria farmacéutica. Los investigadores examinaron centenares de artículos de periódico sobre la controversia, imágenes de documentales, informes de las empresas, boletines de las organizaciones de activistas y documentos de empresa internos, además de realizar entrevistas a personas que fueron ejecutivos, científicos, activistas y miembros de grupos de presión de la industria claves en el momento de la controversia.

Los miembros del gobierno, dirigido por el Partido Verde, esgrimieron varios argumentos en contra de la biotecnología. Mantuvieron que las bacterias que habían sido modificadas genéticamente para producir medicamentos podían resultar peligrosas si escapaban de los laboratorios al medio ambiente. También expresaron un argumento moral contra la manipulación de organismos vivos. Algunos activistas consideraron la ingeniería genética como una «continuación de la eugenesia nazi».

Estos argumentos alteraron la percepción pública de la biotecnología, averiguó Weber. Tras 1980, la cobertura mediática sobre la biotecnología se centró en los riesgos en lugar de los beneficios. Al mismo tiempo, la influencia del Partido Verde creció. Ganó escaños en los parlamentos locales, estatales y federal. En 1985, se unió a un gobierno de coalición en Hesse y logró bloquear, al menos temporalmente, la concesión de permisos de obra a Hoechst para edificar una fábrica de medicamentos biotecnológicos.

Los peligros de la escasa credibilidad
La industria farmacéutica sostuvo que el nuevo sector de la biotecnología crearía empleos y produciría medicamentos mejorados. Pero la industria gozaba de poca credibilidad entre el público. Su reputación moral se había visto dañada por una serie de escándalos, incluido el rechazo inicial del fabricante de medicamentos alemán Grünenthal a retirar voluntariamente la talidomida una vez que se descubrió que el fármaco para las náuseas matutinas causaba defectos de nacimiento, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Además, las empresas grandes y diversificadas como BASF, Bayer y Hoechst contaban con divisiones de productos químicos, uno de los objetivos principales de las protestas medioambientales sobre la contaminación del aire y del agua.

Weber no encontró prueba alguna de que las &eacuteacute;lites corporativas se creyesen ninguno de los argumentos de los activistas. Aun así, los ataques del movimiento se dejaron sentir en el seno de las empresas de diversas maneras. Los científicos que eran partidarios de la biotecnología se exponían a perder su posición dentro de sus empresas y comunidades al abogar por una tecnología que se vendía como peligrosa e inmoral. Un científico contó a Weber que no manifestó su apoyo a favor de la biotecnología porque sus hijos recibirían críticas en la escuela.

Las protestas, entre tanto, dieron argumentos a los científicos que se sentían amenazados por la nueva tecnología. La biotecnología, señala Weber, es una «tecnología destructora de competencias». Los científicos con experiencia en bioquímica tradicional creían que la biotecnología era una amenaza para sus carreras.

El grado en que las empresas internalizaron estas preocupaciones estuvo relacionado con la diversificación de las élites corporativas y las empresas en su totalidad, descubrió Weber. Boehringer-Mannheim y Boehringer-Ingleheim estaban especializadas en fármacos y tenían un elevado porcentaje de ejecutivos con experiencia médica o farmacológica. Estaban predispuestas a considerar la biotecnología como una inversión necesaria. En comparación, Bayer, Hoechst y BASF estaban diversificadas en productos químicos y de consumo masivo. Un número mayor de sus ejecutivos y científicos carecía de interés natural en la biotecnología y estaba predispuesto a considerarla como innecesariamente arriesgada y desafiante en comparación con otras alternativas. (Schering AG estaba diversificada al principio del periodo de estudio pero se deshizo de sus inversiones en negocios no relacionados con productos farmacéuticos en 1990.)

Las empresas diversificadas no rechazaron por completo la biotecnología —reconocieron su importancia de cara al futuro de su industria—, pero adoptaron medidas para mitigar los riesgos. Asignaron inversiones a negocios alternativos, trasladaron las inversiones en biotecnología a regiones políticamente conservadoras dentro de Alemania y redujeron o aislaron sus compromisos en biotecnología.

Los traslados no son ninguna panacea
El caso de Hoechst es ilustrativo, dice Weber. En 1985, Hoechst, una de las primeras en trasladar su biotecnología, realizó una cuantiosa inversión en cerámica, un negocio alternativo. En 1988, decidió que las futuras inversiones en biotecnología se llevarían a cabo fuera de Alemania para reducir el riesgo de retrasos en las aprobaciones y publicidad negativa. Otras empresas farmacéuticas diversificadas adoptaron medidas similares. Bayer, por ejemplo, estableció su producción de biotecnología en Berkeley, California, y BASF montó su centro de investigación sobre biotecnología en Boston.

Muchas de estas decisiones de negocios parecían acertadas en su momento, dada la logística interna de las empresas. Sin embargo, tuvieron repercusiones posteriores que dificultaron que los fabricantes de medicamentos alemanes diversificados alcanzaran a sus rivales más especializados después de que el gobierno alemán interviniese para proteger a la industria biotecnológica en 1989. Weber afirma que las medidas dieron como resultado el aislamiento en un compartimento estanco de la biotecnología al margen de la pericia en desarrollo, marketing y comercialización dentro de cada empresa. Esto retrasó la introducción de nuevos productos biotecnológicos e impidió que se pudiese compartir el conocimiento dentro de las empresas, añade.

«Decir “Pongamos I+D en EE.UU.” parece bastante sencillo, pero crea nuevos problemas», afirma Weber. «No previeron ni anticiparon todas las consecuencias.»

Una implicación de su investigación, apunta Weber, es que los ejecutivos deberían meditar sobre las ramificaciones de sus respuestas ante los movimientos sociales. Antes de decidirse a trasladar un negocio a otro país, una sociedad debería «estudiar detenidamente los retos organizacionales que crea esa decisión y abordarlos activamente», sugiere.

La conclusión más importante que cabe extraer de su investigación es que las estructuras y las dinámicas de decisión corporativas internas transmiten la influencia de los movimientos sociales, dice Weber. Aunque más pequeñas que su competencia diversificada, Boehringer-Ingleheim y Boehringer-Mannheim, que estaban muy especializadas en productos farmacéuticos, tuvieron un éxito mayor en biotecnología, apunta. «La forma en que está montada la empresa importa», afirma Weber.