Imaginemos una empresa que se esfuerza por lograr una representación de género equitativa entre su personal. Los gerentes tienen que decidir cómo equilibrar el porcentaje de hombres y mujeres. De seguro que habrá desacuerdo sobre los factores que promueven la desigualdad y cómo hacerle frente.

Pero una nueva investigación de la Kellogg School pone de relieve un problema subyacente más delicado aún que dificulta la solución de asuntos ya de por sí tan espinosos: las personas que están a favor del igualitarismo suelen percibir más desigualdad que los partidarios de la ordenación jerárquica de la sociedad. Lo que quiere decir que esos dos grupos discreparán no solamente sobre las causas y las soluciones del problema, sino incluso sobre su gravedad: en este caso, la magnitud del desequilibrio de género que existe en la empresa en primer lugar.

Nour Kteily, profesor titular interino de gestión y organizaciones de la Kellogg School of Management, advierte que esas diferencias pueden estar complicando los esfuerzos por resolver los problemas relacionados con la igualdad.

“No solamente hay distintas creencias sobre la deseabilidad de las jerarquías” con distintas explicaciones de por qué existe la desigualdad, señala. “El problema se complica más aún cuando cada cual tiene una noción distinta de cuánta desigualdad hay para empezar”.

En los estudios de Kteily se observó que el mismo patrón se repetía ante distintos contextos sociales, ya se tratase de la desigualdad de género, de raza, o de clase, e incluso cuando lo que se presentaba a los participantes eran conflictos grupales ficticios o imágenes abstractas que simplemente evocaban una distribución del poder y los recursos desigual.

Ninguno de los dos bandos resultó estar exento de culpa, ya que tanto los partidarios como los detractores del igualitarismo demostraron albergar ideas distorsionadas de la realidad. “Hay sesgo a todo lo largo del espectro”, afirma. “Es algo que todos debemos tener en cuenta”.

La brecha de poder
El empleo de la racionalización como medio para legitimar la desigualdad social es algo que ya se ha investigado. Por ejemplo, los estudios parecen indicar que los partidarios de las jerarquías sociales también suelen apoyar las ideologías que potencian la legitimidad de la posición del grupo más poderoso. Piénsese en las justificaciones que se esgrimen para explicar el racismo, el nacionalismo o incluso el karma, que atribuye la suerte en la vida actual de una persona a sus acciones pasadas. Sin embargo, lo que poco se había investigado hasta ahora es si lo que opinan las personas sobre la  ordenación jerárquica influye en la magnitud de la desigualdad que perciben en primer lugar.

Para investigarlo, Kteily y sus colaboradores, Jennifer Sheehy-Skeffington de la London School of Economics and Political Science y Arnold Ho de la University of Michigan, realizaron una serie de estudios. Los participantes de los experimentos fueron reclutados en línea y sometidos a preguntas para determinar su “orientación de dominancia social” (ODS), una medida de su grado de predilección por el ordenamiento jerárquico de la sociedad. Las personas con ODS elevada están a favor de que unos grupos ejerzan su dominio sobre otros y rechazan la igualdad de oportunidades para todos; las personas con puntuación de ODS baja opinan lo contrario.

En un estudio inicial con 649 participantes, los investigadores primero determinaron sus niveles de ODS y luego les pidieron valorar, en una escala del 1 al 7, el poder que ostentan varios grupos de la sociedad estadounidense: blancos, negros, hombres, mujeres y los hijos de familias ricas, de clase media y pobres. A continuación, los investigadores cuantificaron las brechas entre los grupos para determinar la disparidad de poder que los participantes percibían entre, por ejemplo, el hombre y la mujer.

Los investigadores constataron que los partidarios de la igualdad tendían a percibir una mayor disparidad. Los participantes cuya puntuación de ODS se encontraba en el cuartil inferior —o sea, los más igualitarios— calculaban que los grupos dominantes —por ejemplo, los hombres, los blancos y los ricos— eran un promedio de 2,67 puntos más poderosos que los más débiles —por ejemplo, las mujeres, los negros, y los pobres—. En cambio, los participantes cuyo ODS se situaba en el cuartil superior calculaban que la disparidad de poder era de solo 1,05 puntos en promedio.

Realidad frente a ficción
Pero el estudio obligó a plantear la siguiente pregunta: ¿ese patrón se debía sencillamente a que en la vida diaria los igualitarios estuviesen más expuestos a la desigualdad y los partidarios del ordenamiento jerárquico, menos? Un sujeto que tuviera una ODS baja podría ser un trabajador social, testigo frecuente de injusticias contra las minorías. Uno con ODS elevada podría ser un ejecutivo de empresa normalmente ajeno a esas situaciones.

Si así fuera, ni los defensores ni los detractores del igualitarismo estarían en realidad percibiendo distintos niveles de desigualdad a partir de una misma situación. Solo estarían señalando la desigualdad que observan en sus mundos respectivos. Según esta hipótesis, puntualiza Kteily, “nadie estaría procesando la información de manera distinta, simplemente estarían procesando distinta información”.

Para distinguir entre esas dos posibilidades, el equipo de Kteily pidió a 153 participantes que leyeran una historia ficticia sobre una situación caracterizada por un desequilibrio de poder. En ella, dos grupos de un país imaginario llamado Raga luchan por la tierra y uno de ellos termina dominando. Como en el primer estudio, se pidió a los participantes que valoraran la magnitud del poder que ostentaba cada grupo.

El resultado fue el mismo: los sujetos con tendencias igualitarias percibieron una brecha de poder mayor que los partidarios de las sociedades jerárquicas. En otras palabras, los participantes demostraron percibir de manera distinta la misma información.

¿Ve usted lo mismo que yo?
Kteily sospecha que la discrepancia se debe a que los grupos se fijan en detalles distintos. Por ejemplo, en el caso de Raga, los igualitarios tal vez fijaron la atención en la manera en que el grupo dominante despojó de los recursos al grupo de los más débiles; los antiigualitarios, en las posibilidades que estos tenían de defenderse.

Los resultados fueron similares incluso cuando los investigadores mostraron a los participantes imágenes abstractas que representaban sociedades y organizaciones ficticias. En uno de los estudios, las imágenes eran de escaleras con peldaños, al lado de los cuales figuraban distintas cantidades de bolsas de dinero; en otro eran pirámides de varios niveles con distinto número de muñecos de palitos pintados en cada uno. Con respecto a cada imagen, los participantes señalaron su grado de acuerdo con afirmaciones tales como "la distribución del dinero en esta sociedad es sumamente desigual" y "hay poca diferencia en la distribución del poder entre la base y la cúspide de esta organización". Una vez más, los igualitarios manifestaron ver mayores diferencias de poder que los antiigualitarios.

Para reducir la posibilidad de que los participantes comunicaran deliberadamente algo distinto de lo que percibían, los investigadores ofrecieron premiar con $12 a los que calcularan las brechas de poder con mayor exactitud. “Esto no tuvo efecto alguno”, dice Kteily.

Mala memoria
En conjunto, los estudios parecen indicar que, efectivamente, los participantes percibían la misma información de manera distinta. ¿Pero quién era más digno de reproche? ¿Acaso un grupo percibía la cantidad "correcta" de desigualdad, mientras que el otro la sobreestimaba o subestimaba? ¿O acaso ambos estaban sesgados?

Para averiguarlo, el equipo de Kteily realizó un estudio final en el que sometió a 539 participantes a una prueba de memoria. Primero se les mostraron imágenes de pirámides que representaban estructuras organizativas con más o menos niveles de jerarquía: algunas más altas, otras más planas. A continuación, los investigadores pidieron a cada participante que recordara qué imágenes ya se le habían mostrado. Entonces se les presentaron conjuntos de imágenes. Cada conjunto contenía una imagen que el participante ya había visto antes y otras cuatro versiones similares: dos más igualitarias y dos más jerárquicas.

Los que preferían los sistemas jerárquicos tendieron a recordar haber visto menos desigualdad de la que en realidad vieron. De la misma manera —aunque el vínculo era más débil— los igualitarios tendieron a sobrestimar la desigualdad jerárquica que habían observado con anterioridad. Esto parece indicar que las motivaciones de las personas influyen en su manera de percibir el mundo, dice Kteily. Los igualitarios, que desean atraer la atención hacia la desigualdad, perciben grandes disparidades, en consonancia con su llamamiento a la acción. Los antiigualitarios, temerosos de que surjan presiones para igualar la sociedad si las brechas de poder se hacen demasiado patentes, perciben diferenciales más pequeños, de conformidad con su tesis de que no es necesario intervenir.

Kteily señala que los experimentos se realizaron en EE. UU., sociedad que se rige por normas igualitarias, y que los resultados podrían ser distintos en otros países. En India, por ejemplo, donde hay aceptación por el sistema jerárquico de castas, puede haber más tolerancia de la desigualdad en general, lo que debilitaría la motivación de los antiigualitarios para percibir brechas de poder más reducidas. Además, si bien los participantes en línea abarcaron una amplia gama de orientaciones políticas, niveles de ODS y clases sociales, probablemente faltaron entre ellos representantes de los dos extremos del espectro económico.

Según el color del cristal con que se mira
¿Cómo solucionar el problema? Kteily propone que demos un paso atrás y tomemos conciencia de nuestros propios sesgos.

“Tener presente el hecho de tal vez estemos viendo las cosas a través de un cristal coloreado puede ser útil”, afirma. Por ejemplo, si estamos defendiendo o atacando con fervor una medida relacionada con la igualdad y empezamos a sentirnos frustrados con nuestros adversarios, reconozcamos que tal vez ninguna de las partes tenga totalmente la razón. “Eso nos infunde un poco de humildad con respecto a nuestra perspectiva”, dice.

Eso no significa que debamos desechar completamente nuestra manera de percibir las circunstancias. “No es mi intención decir que uno se inventa las cosas”, dice Kteily. “Es muy posible que haya un problema. Pero también es posible que lo estemos viendo mucho más grande de lo que es en realidad y que lo mismo le esté sucediendo a la parte contraria a la inversa”.