Por un lado está la figura del gran científico: solitario, ataviado con su arrugada bata de laboratorio, satisfecho de entregarse noche y día a la búsqueda de lo extraordinario en lo más recóndito de su cerebro privilegiado. Por el otro está la verdad sobre de la labor científica y cómo se lleva a cabo

En un influyente trabajo de 2007, los profesores Brian Uzzi y Benjamin Jones, de la Kellogg School of Management, y otro colaborador analizaron los casi 20 millones de artículos de investigación almacenados en la base de datos de la Web of Science (WOS) para investigar la evolución a lo largo del tiempo del trabajo de investigación. "Lo que vimos fue que de los años cincuenta en adelante se produce un giro hacia la investigación en equipo", explica Uzzi, profesor de administración y organizaciones y director del cuerpo docente de la Kellogg Architectures of Collaboration Initiative (Iniciativa de arquitecturas de la colaboración de Kellogg). "Los equipos no solamente cobran más relieve, sino que año tras año aumentan de tamaño. Además, son los que, en la mayor parte de las disciplinas, publican cada vez más trabajos de gran impacto, de esos que son capaces de fijar o revolucionar el programa de investigación de todo un campo”. Según Uzzi, para ellos quedó claro que "la ciencia había experimentado un cambio fundamental".

Muchas razones pueden haber contribuido a que la labor científica de más alto nivel se haga actualmente en equipo. Puede que la investigación en equipo simplemente goce de la preferencia de los organismos de financiación, o que esté bien vista cuando se convocan las cátedras. Pero una razón que les parece verosímil y atractiva a Uzzi y Jones es la idea de que la colaboración promueve una investigación más creativa y novedosa.

Es preciso crear algo nuevo
"Desde hace tiempo rige la idea de que la creación de algo nuevo consiste en tomar cosas que ya existen y ensamblarlas de manera novedosa", dice Jones, profesor adjunto de administración y estrategia y director del cuerpo docente de la Kellogg Innovation and Entrepreneurship Initiative (Iniciativa para la innovación y el emprendimiento de Kellogg).  "Es decir, que las combinaciones son la materia esencial de la intuición creativa".

La expansión del conocimiento científico ha obligado a los investigadores a especializarse; los equipos acaso admiten la profundidad sin sacrificar la capacidad de combinar ideas de distintos subcampos o incluso disciplinas. Y no hay nada como la interacción entre múltiples personalidades y perspectivas distintas para producir amalgamas inverosímiles pero geniales. Que sirva el ejemplo de John Lennon y Paul McCartney: "Si no hubiera sido por sus estimulantes intercambios de ideas y por su afán de superarse el uno al otro, tal vez no tendríamos Sgt. Pepper", dice Uzzi.

¿Pero acaso la novedad que aporta un proyecto de investigación influye en su impacto en una disciplina científica? En un trabajo publicado esta semana en Science, Uzzi, Jones y sus colaboradores Satyam Mukherjee, del Northwestern Institute on Complex Systems (NICO) y Michael Stringer, de Datascope Analytics (anteriormente de NICO) concluyen que la novedad, efectivamente, contribuye a la buena acogida de un trabajo de investigación, pero solo cuando está contrapesada por conocimientos estrictamente convencionales. El equipo también concluyó que cuando la investigación se hace en equipo suele alcanzar este equilibrio mejor que cuando la hace un solo científico.

La medición de la novedad
En su nuevo estudio, para medir la novedad de un trabajo determinado, los investigadores analizaron sus influencias (las referencias mencionadas en las citas bibliográficas) para detereminar si iban más allá de las mismas autoridades de siempre.

Para ser consecuentes, los investigadores adaptaron una metodología que tomaron de una fuente inesperada. "Terminamos creando un sistema basado en el que yo había oído decir que los hermanos Coen habían utilizado para imprimir originalidad a sus películas", explica Uzzi. Cuando los hermanos Coen leyeron el guion de su primera película, Simplemente sangre, lo encontraron bastante soso. Así que cortaron el guion en pedazos y lo reconstruyeron totalmente al azar: una escena aquí, un instante allá. "Y de hecho, cuando ves Simplemente sangre, no paras de asombrarte: ¡Vaya giro que dio la trama! ¿Cómo pudo pasar eso? ¿A quién se le hubiera ocurrido semejante cosa? Y luego te das cuenta de que lo lograron infundiéndole esa especie de aleatoriedad. Así que intentamos recrear algo parecido en nuestro trabajo".

Concretamente, los investigadores analizaron los trabajos de investigación para determinar si se basaban en su mayor parte en combinaciones de fuentes que a menudo aparecen juntas en el WOS (revista que abarca disciplinas tan dispares como la sociología y la nanotecnología) o si las combinaciones estaban más cerca de lo que cabría esperar si las citaciones se sacaran de un sombrero: o sea, al azar.

La combinación acertada
Los investigadores hallaron que en realidad las combinaciones nuevas de citas son escasas y cada vez menos frecuentes: en la década de 1990, sólo el 2,7% de los artículos tenían un apareamiento de citas medio que se combinaba con menor frecuencia de lo esperado al azar (una disminución del 3,5% con respecto a la década de 1980).

También observaron que la novedad por sí misma no era una garantía de éxito. "Lo interesante", dice Uzzi, "es que la mayor parte del trabajo que se hace es convencional. Y otra parte es realmente novedosa. Y las posibilidades de que un trabajo perteneciente a una de esas dos categorías sea un éxito son aproximadamente las mismas. Solo alrededor del 5% de los trabajos de investigación inspirados exclusivamente en fuentes sumamente novedosas o sumamente convencionales figuraban entre las obras más citadas en la base de datos.

Pero había una tercera categoría de trabajos de investigación que tenía casi el doble de posibilidades de ser un rotundo éxito: los trabajos que se fundamentaban principalmente en combinaciones convencionales de fuentes, pero también incluían un pequeño subgrupo de fuentes sumamente novedosas. "Lo más importante no es ni la novedad ni el convencionalismo, sino ambas cosas", explica Jones, que quedó algo sorprendido por ese hallazgo. Otra cosa que impresionó a los investigadores fue lo coherente que demuestra ser esa tendencia, en centenares de disciplinas y a lo largo de cincuenta años.

Pero, según Jones, eso también tiene sentido: "Lo ideal es fundamentar el trabajo en algo que esté bien entendido, pero añadirle un elemento realmente fuera de lo ordinario. Y si uno hace esas dos cosas procura esforzarse en ambas direcciones, aumentan radicalmente sus probabilidades de apuntarse un gol". Uzzi se muestra de acuerdo con esa conclusión: "Muchas de estas combinaciones novedosas en realidad se componen de dos ideas que son convencionales en sus propios campos. Se trata de ideas arraigadas y bien aceptadas, que son los cimientos idóneos (y  lo que exige la ciencia). Pero cuando se combinan: ¡Qué extraordinario! De pronto surge algo totalmente distinto".

El papel de la colaboración
Esa "mezcla virtuosa" (una gran dosis de convencionalismo y un toque de originalidad) resultó ser la que más probabilidades tenía de producir publicaciones de gran impacto, independientemente de que los trabajos fueran fruto de un solo científico o de todo un equipo. Pero también influía el que el trabajo se hiciese en equipo. Los equipos de tres o más científicos produjeron más trabajos novedosos que los científicos que trabajaban en parejas o solos. Los equipos también fueron mayoritarios entre los autores de publicaciones que lograron el perfecto equilibrio entre el convencionalismo y la originalidad. Por último, en manos de un equipo, la misma mezcla de novedad y convencionalismo rinde más. Es decir que, independientemente de que las influencias de un trabajo sean convencionales en un 90% y novedosas en un 10%, o convencionales en un 10% y novedosas en un 90%, el trabajo tiene más probabilidades de causar una fuerte impresión si lo publica un equipo. Los equipos son mejores a la hora de descubrir la novedad, pero también, parece ser, de asimilarla.

El éxito de la propia colaboración de Jones y Uzzi (esta es su tercera contribución conjunta en diez años a la revista Science, todas con aportaciones de colegas externos) es de por sí un aval para la investigación científica realizada en equipo. Uzzi es sociólogo, Jones economista. "De hecho, hay grandes abismos entre sociólogos y economistas a la hora de observar el mundo", dice Uzzi. Los economistas estudian personas que actúan de forma racional; los sociólogos, grupos de personas que actúan de una forma que con frecuencia no es racional en absoluto. "Es interesante que estudiemos el tema de la colaboración y que una de nuestras conclusiones sea que combinar conocimientos procedentes de distintos campos pueda ser un componente esencial del progreso", concuerda Jones. "Nunca hemos analizado nuestras propias publicaciones aplicando estos parámetros, ¡pero tal vez deberíamos hacerlo!" Y agrega: "Para mí está claro que los dos traemos importantes perspectivas y pericias para enfocar el problema que hacen que el todo sea más que la suma de sus partes".