Cuando Merck, fabricante de Vioxx, sacó el medicamento del mercado de forma voluntaria en 2004, pocos se percataron de que una consecuencia sería la reducción en el número de hombres próximos a la vejez dentro del mercado laboral. Aunque un puñado de estudios ha analizado el impacto de los antidepresivos sobre la participación en el mercado laboral, ninguno había analizado los efectos similares de otras clases de medicamentos hasta que Craig Garthwaite, profesor contratado doctor de gestión y estrategia en la Kellogg School of Management, decidió utilizar la retirada de Vioxx del mercado como un experimento natural para abordar cuestiones de mayor calado sobre el valor económico de los medicamentos que mejoran la calidad de vida.

En la actualidad, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) de EE.UU. no siempre evalúa las posibles repercusiones económicas de un medicamento, pero eso puede suponer un error; a medida que un número cada vez mayor de medicamentos en el mercado se crea con el propósito de mejorar la calidad de vida en lugar de limitarse sólo a prolongarla, sostiene Garthwaite, el impacto que tienen sobre la capacidad de los estadounidenses de edad avanzada para continuar con su vida laboral es un efecto beneficioso que podría repercutir en todo, desde cómo una persona sopesa los riesgos de tomar un medicamento hasta la forma en que los empleadores estructuran sus planes de cobertura sanitaria.

Vioxx es un medicamento antiinflamatorio de la clase conocida como inhibidores Cox-2, que incluye a su principal competidor en el mercado, Celebrex. Los inhibidores Cox-2 ayudan a aliviar los síntomas de las personas con enfermedades que cursan con inflamación crónica, como la osteoartritis. Son armas excepcionalmente potentes contra estas afecciones; en una encuesta realizada en 2006 entre ancianos artríticos, el 18% de ellos refirió que continuaría tomando Vioxx si aún se comercializase, a pesar de que sobrestimaron el aumento del riesgo de sufrir un ataque al corazón en casi un 50%.

Además de su eficacia a la hora de aliviar los síntomas de enfermedades inflamatorias que son dolorosas, los inhibidores Cox-2 ofrecen una ventaja adicional en comparación con los tipos anteriores de medicamentos antiinflamatorios: No incrementan el riesgo de sangrado gastrointestinal (GI). Se estima que 16.500 personas mueren al año en EE.UU. de sangrado GI como consecuencia de tomar medicamentos antiinflamatorios tradicionales no selectivos como el ibuprofeno y el naproxeno.

Carencia de opciones
Cuando Vioxx fue retirado del mercado, los estudios muestran que muchas personas que lo habían estado tomando no se pasaron a otro medicamento antiinflamatorio. Además de la posibilidad de que se recetase sin control, estos estudios sugieren que su principal competidor, Celebrex, fue un sucedáneo imperfecto del Vioxx para muchos pacientes. Garthwaite se preguntó cuál había sido la repercusión de la retirada repentina de un medicamento que era, en apariencia, excepcionalmente eficaz sobre una estadística con la que los economistas están bastante familiarizados: la tasa de participación en el mercado laboral o el porcentaje de la población que trabaja actualmente.

Para desentrañar los efectos del Vioxx sobre los estadounidenses con edades comprendidas entre los 55 y 75 años, Garthwaite utilizó datos de la Encuesta del Panel de Gastos Médicos (MEPS, por sus siglas en inglés), una encuesta a gran escala de individuos a lo largo del tiempo que registra todas sus recetas médicas, así como datos socioeconómicos como su situación laboral. (MEPS depende de la Agencia para la Investigación y la Calidad de la Atención Sanitaria , organismo que pertenece al Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU.)

«Cualitativamente, se aprecia que Vioxx modificó el número de personas en la población activa », afirma Garthwaite. Ese efecto es aun más pronunciado en el caso de los hombres y más aun para los hombres en profesiones que requieren esfuerzo físico en comparación con los hombres en profesiones que no requieren esfuerzo físico. No hubo ningún efecto estimado de importancia estadística sobre la probabilidad de que las mujeres trabajasen. Esto podría ser consecuencia de la clase de trabajos que desempeñan las mujeres en este grupo de edad, que tienden a requerir menos esfuerzo físico que los desempeñados por hombres (por ejemplo, en la construcción). También podría ser un síntoma de que el medicamento no funciona tan bien en mujeres.

En su estudio, Garthwaite fue capaz de tener en cuenta un factor de confusión evidente, que era la posibilidad de una causalidad inversa en la relación entre el Vioxx y la ocupación laboral. En otras palabras, es posible que los pacientes estuviesen trabajando a fin de recibir cobertura sanitaria para así poder costearse medicamentos que mejorasen su calidad de vida como Vioxx, que según estima Garthwaite le costaba a los pacientes más de 1.000 USD al año, en vez de estar en condiciones de trabajar porque tomaban Vioxx. A fin de eliminar esta posibilidad, Garthwaite examinó otra serie de medicamentos relativamente caros que mejoraban la calidad de vida y no afectaban a la capacidad de trabajar de los pacientes, como el medicamento contra el colesterol Lipitor y el medicamento para tratar la disfunción eréctil Viagra, y descubrió que no guardaban correlación con el empleo.

Los datos de encuestas relativos a la percepción de calidad de vida se pueden conseguir fácilmente para medicamentos como Vioxx, pero Garthwaite afirma que la participación en el mercado laboral puede ser un parámetro de medida más idóneo porque muestra lo que se conoce como una «preferencia revelada».

« cuando vemos sus acciones, vemos su preferencia subyacente», dice Garthwaite. «Así que si alguien trabaja, para ellos, los beneficios superan a los costes.» Él cree que poseer datos sobre los efectos económicos de las innovaciones médicas puede ser relevante algún día de cara a cómo las personas evalúan el riesgo de tomar un medicamento con efectos secundarios conocidos. Se trata de un asunto candente, y sería preciso que los pacientes dispusiesen de toda la información sobre los peligros potenciales del medicamento. Pero al menos un ejemplo de este «compromiso informado» ya existe en el mercado: El medicamento para la esclerosis múltiple Tysabri, que fue retirado del mercado y vuelto a introducir más tarde, no puede recetarse a menos que un paciente se haya inscrito antes en un programa especial de gestión de riesgos.

Sopesar los riesgos
Aunque la repercusión económica de un medicamento ocupa un puesto considerablemente más bajo en la lista de temas de interés público sobre fármacos que la eficacia del proceso regulador en la salvaguardia de la salud, Garthwaite afirma que un trabajo como el suyo podría formar parte del debate más amplio en torno a si Vioxx debería o no ponerse a la venta.

«En algún momento, vas a tener que responder a, desde el punto de vista coste-beneficio, “¿Debería Vioxx comercializarse?”», apunta Garthwaite. «En la medida en que Vioxx es el único medicamento analgésico eficaz para algunas personas, existe quizás una razón de mayor peso por la que debería comercializarse. Todos los medicamentos poseen efectos secundarios, pero, por otro lado, 16.500 personas mueren por el ibuprofeno cada año, lo que tampoco supone un resultado positivo.»

Garthwaite se cuida de señalar que, debido a que su investigación aborda sólo uno de los beneficios potenciales del medicamento, él no se posiciona en su trabajo sobre la cuestión de si Vioxx debería o no ponerse de nuevo a la venta. En última instancia, señala, la situación del Vioxx se basa en la tolerancia de una sociedad —y sus miembros— al riesgo.