A medida que las protestas iban en aumento contra la controvertida elección en 2009 del presidente Mahmoud Ahmadinejad en Irán, el presidente Barack Obama anunció que los valores democráticos debían respetarse, pero añadi&oacutoacute; que Estados Unidos no tenía intención de inmiscuirse en los asuntos iraníes.

Muchos denunciaron la reacción moderada del presidente. Pero Sandeep Baliga, profesor titular de Economía Empresarial y Ciencias de la Decisión en la Kellogg School of Management, afirma que el presidente Obama tomó la decisión acertada. «Si respondemos con nuestra propia bravuconería, lo más probable es que esto exacerbe la situación más que nunca», escribió en un comentario publicado en un editorial de la edición electrónica del New York Times acerca de la situación en Irán.

Baliga y sus colegas David O. Lucca, economista de la Junta de la Reserva Federal de EE.UU., y Tomas Sjöström, profesor de economía en la Universidad Rutgers, sostienen que los dirigentes de las democracias limitadas o las dictablandas responden de manera más agresiva ante las amenazas que los dirigentes de las auténticas dictaduras o las auténticas democracias. En su informe, analizan los conflictos internacionales entre las democracias, las dictaduras y los gobiernos que se sitúan entre ambos extremos. Irán, con su sistema electoral semidemocrático, pertenece a esta última categoría.

Modelización de las formas de gobierno
El equipo elaboró un modelo de teoría de juegos en el que los conflictos se desencadenan ante el temor de los líderes tanto a ser atacados como a ser destituidos del poder por el pueblo al que gobiernan. Los dirigentes democráticos arriesgan más que los dictadores si no reaccionan de manera agresiva ante las amenazas del exterior, porque, a diferencia de los dictadores, se enfrentan al reto de la reelección. Sin embargo, una guerra innecesaria perjudica al dirigente de una auténtica democracia si el votante medio la juzga innecesaria. Al mismo tiempo, un dirigente de una democracia limitada puede sobrevivir políticamente en la mayoría de las situaciones, siendo expulsado sólo cuando muestra debilidad ante una agresión. Por lo tanto, en el modelo del equipo, los dirigentes de democracias limitadas eran los más propensos a actuar ante amenazas del exterior, porque se exponen a menos repercusiones en la decisión de ir a la guerra que los dirigentes de auténticas democracias. Los dictadores fuertes no se exponen a ser destituidos del poder si muestran debilidad ante una agresión, lo que significa que los dictadores tienden a ser menos agresivos que los dirigentes de una democracia limitada.

Basando su modelo en la realidad, el equipo clasificó los regímenes entre 1816 y 2000 como dictaduras, democracias limitadas o democracias plenas utilizando un sistema de clasificación tipificado elaborado por politólogos. Por ejemplo, Gran Bretaña se clasificó como una democracia limitada entre 1821 y 1829 porque, aunque hubo un parlamento que hacía de contrapeso al monarca, no todo el mundo podía votar. Igualmente, al otorgarle Napoleón III más poder al parlamento galo en 1870, Francia pasó de una dictadura a una democracia limitada.

Los autores descubrieron que dos países con democracias limitadas tienen más probabilidades de luchar entre sí que cualquier otra combinación. Por ejemplo, alrededor del año 2000, países parcialmente democráticos como Tanzania y Burundi, Kenia y Etiopía, y Ghana y Togo lucharon entre sí. En los albores del siglo pasado, Alemania combatió contra Japón, Colombia contra Perú e Italia contra Turquía durante los periodos en que cada una de esas naciones poseía una democracia limitada.

La paz era más probable en cualquiera de los dos extremos. Los países dirigidos por dictadores tenían un 36% menos de probabilidades de luchar entre sí que dos países con democracias limitadas. Y la probabilidad de conflicto entre dos países plenamente democráticos es un 95% más baja que la existente entre dos democracias limitadas.

El miedo es una motivación excepcional
El miedo alimenta la motivación para la guerra en el modelo de Baliga, que es la razón por la cual los dirigentes de las democracias plenas pueden entrar en una guerra para conservar el respaldo político a medida que los ciudadanos se ponen cada vez más nerviosos en relación con otro país. En esta situación, los dirigentes democráticos se preocupan ante la posibilidad de que su país sea atacado, pero también se preocupan de obtener el respaldo para su reelección por parte de un pueblo que busca un liderazgo protector. Ciertamente, un repaso a la historia nos muestra que las democracias se vuelven violentas con mayor rapidez que otros tipos de regímenes, dice Baliga.

En el pasado, los historiadores han atribuido las guerras al miedo. Por ejemplo, los politólogos han sugerido que los dirigentes de Alemania entraron en la Primera Guerra Mundial en parte para acallar la agitación interna a la que se enfrentaban en su país. El modelo de teoría de juegos del equipo combina tanto el miedo como la política interna como causas primordiales de la guerra. Sin embargo, factores como el desarrollo económico y el comercio también incitan a la guerra y no se incluyeron en este análisis debido a la escasez de datos sobre estos aspectos con anterioridad al siglo XIX. Pero los autores sí tienen en cuenta las sacudidas económicas mundiales y los ciclos económicos normales, así como la geografía, las instituciones y la cultura de los países involucrados en conflictos y, por consiguiente, afirman que recogen la disparidad entre recursos naturales y posición económica.

Los filósofos, incluido uno de los fundadores de EE.UU., Thomas Paine, han mantenido durante mucho tiempo que la democracia promueve la paz, porque el ciudadano medio evita el conflicto. En nombre de la paz, los dirigentes estadounidenses han promovido con posterioridad la democratización. El ex presidente George W. Bush sostuvo que difundir la democracia traería la paz a Oriente Medio.

Sin embargo, si estos resultados son válidos, la democratización es una empresa arriesgada. Si no se implanta por completo, un gobierno democrático podría ser más agresivo que el régimen que ha sustituido. «La democratización limitada puede fomentar la guerra, así que hay que procurar implantar la democracia al cien por cien», apunta Baliga. «Si te andas con medias tintas, puedes empeorar las cosas.»

En la carta que Baliga dirigió al New York Times expresó que es importante entablar negociaciones con Irán, pero evitando exacerbar la situación. «Un estudio detenido de la historia —escribió— revela que las dictablandas como Irán, que se encuentran a medio camino entre una democracia plena y las dictaduras férreas, pueden ser las más belicosas de todas.»