La socióloga Lauren Rivera sabe lo que cuesta llegar al otro lado del cordón rojo. Su recomendación: “Debes conocer a alguien. O conocer a alguien que conoce a alguien. Si eres un hombre, trae mujeres atractivas; tanto mejor si son mujeres jóvenes vestidas de diseño. No vayas con otros tíos. Y los porteros de discoteca están bien empapados de la última moda, así que vístete de Coach, Prada, Gucci—pero no vayas con un traje bueno y zapatos de saldo”. No, Rivera no escribe una columna sobre consejos para los ricos e inquietos. Pero esta profesora de la Kellogg School of Management fue de incógnito a descubrir cómo evalúa la gente el estatus con una sola mirada. Específicamente, quería saber cómo determinan los musculosos porteros de los locales más exclusivos—“seguratas” en el lenguaje de la noche—quién entra y quién no.

Los sociólogos han estudiado la dinámica de las relaciones de poder en la vida social durante décadas. El sociólogo francés Pierre Bourdieu vio que la sociedad no estaba solamente estratificada según riqueza, sino también según estatus: la cotizada estimación del honor y la valía de una persona. Las diferencias de estatus entre personas pueden causar desigualdades sostenidas, al excluir a aquellos que se consideran de menor estatus de las posiciones de prestigio. Mediante sondeos y experimentos, los sociólogos han identificado las pautas que usa la gente para evaluar el estatus. Los indicadores incluyen clase social, círculos sociales, muestras de riqueza, género, raza, acento y gustos en comida y arte. A través de entrevistas, un estudio de 1992 descubrió que los norteamericanos consideran que un fuerte carácter moral es un signo de estatus, mientras que los franceses son más propensos a considerar como señal la asistencia a los museos.

Pero las cualidades que la gente cree buscar pueden no ser aquellas ante las que reaccionan de hecho en la oficina, en las fiestas, o por la calle. Por lo tanto, las respuestas a las preguntas de un sociólogo pueden no reflejar la vida real. Además, cuando un trabajo, una cita, o el acceso a un local están en juego, los términos que uno usa para juzgar la competencia o el valor pueden cambiar. “El laboratorio es un lugar excelente para diseccionar variables, pero en la vida real el estatus es complejo, y el modo en que la gente hace distinciones es diferente en un emplazamiento natural”, dice Rivera, profesora titular de dirección y organizaciones de la Kellogg School of Management. “Quería observar cómo influyen las creencias [sobre el estatus] de las personas en su forma de distribuir las recompensas reales”.

El escenario perfecto
Mientras esperaba en la cola de una discoteca muy exclusiva de Manhattan, Rivera se dio cuenta de que tenía ante sus ojos la situación perfecta para estudiar las diferencias de estatus. Poco después, solicitó trabajo en una discoteca distinta, una con fama de que entrar era casi imposible. La prensa clasificaba a la clientela como “tipo A,” “jet-set” y “delgadas y adineradas”. La botella de champán Cristal cuesta normalmente 600 dólares y algunos clientes compran tres en una noche. Aceptó un trabajo en guardarropía y de vez en cuando hacía de “chica de los cigarrillos”, que se queda por la entrada del local vendiendo cigarrillos a los clientes fumadores. Este trabajo le permitió observar con disimulo a los porteros en su evaluación de los asistentes expectantes. Una vez ganada la confianza de los porteros y haberles prometido no divulgar su identidad, empezó con las entrevistas. “Los porteros son los jueces del estatus, que toman cientos de decisiones de este tipo cada noche. Lo hacen porque tienen cientos de posibles clientes en fila y, basándose en muy poca información, tienen que evaluar quiénes serán los más preciados”, dice Rivera.

Mediante conversaciones y observaciones, encontró que los porteros repasaban una lista jerárquica de cualidades para determinar en cuestión de segundos quién potenciaría la imagen del club y animaría a gastar más. Las redes sociales tenían más importancia que la clase social, o que cualquier otra cosa, de hecho. Las celebridades y otras élites reconocidas pasaban sin pestañear. Y los que estaban relacionados con o eran amigos de esta gente “in” también pasaban al otro lado del cordón con frecuencia. La riqueza se considera uno de los indicadores de estatus más fuertes, pero los porteros fruncen el ceño ante los sobornos, aunque éstos sean muestras obvias de dinero. Las “caras nuevas”, como los porteros llamaban a los asistentes no conocidos, se seleccionaban según el género, la ropa, la raza y la nacionalidad. A veces la decisión final se limitaba a detalles tan nimios como el tipo de reloj que adornaba la muñeca de un hombre.

Los porteros sopesaban cada pauta de forma distinta. La red social era lo que más importaba; seguidamente iba el género. Por ejemplo, una mujer joven en tejanos tenía más posibilidades de entrar que un hombre bien vestido. Y un hombre negro vestido con elegancia tenía pocas posibilidades de entrar a no ser que conociera a alguien especial.

El hecho de que las mujeres tuvieran un rango más alto en el orden jerárquico corrobora que los juicios de estatus dependen del contexto. “En un bufete de abogados, las mujeres pueden considerarse menos competentes debido a estereotipos sociales. De hecho, los psicólogos sociales hablan de que normalmente se percibe que las mujeres tienen un menor estatus que los hombres. Sin embargo, en este contexto tienen un valor monetario o simbólico mayor que el de los hombres. Esto muestra lo mucho que importa el contexto, y que ningún rasgo es absolutamente signo de alto o bajo estatus sino que depende del significado que la gente le atribuye a ese rasgo”, apunta Rivera.

Por desgracia, el significado otorgado a la raza en el local nocturno estaba relacionado con la percepción de seguridad. Los porteros (muchos de los cuales son negros o latinos) argumentaban que dejar entrar a los americanos negros o de origen latino podría poner en peligro la seguridad del local. No obstante, Rivera dice que presenció peleas entre clientes blancos casi todas las noches que trabajó allí: “es lo que pasa cuando mezclas montones de gente, alcohol, posiblemente cocaína y música a toda pastilla”. La conexión entre los afroamericanos y la violencia no se exploró en este estudio. Sin embargo, no se dejaba entrar a los afroamericanos y latinos. “En la era Obama, tendemos a pensar que la discriminación racial manifiesta no es tan común”, dice Rivera. “Pero me sorprendió cuánta discriminación racial ostensible se veía y lo directos que eran los porteros sobre la exclusión racial”. El código de vestuario obligatorio reflejaba este sesgo. La ropa suelta asociada con la cultura hip-hop estaba prohibida. Rivera citó a un portero que dijo, “puede que lleves un chándal de mil dólares… pero no es eso lo que queremos”.

Había más detalles que inclinaban la balanza. Por ejemplo, los latinoamericanos nacidos en Sudamérica tenían muchas más posibilidades de entrar que los latinos nacidos en los EE.UU. Los porteros decían que se suponía que los latinoamericanos eran más seguros que los latinos norteamericanos, y como tenían el dinero y las conexiones necesarias para trabajar fuera de su país, debían de tener dinero para gastar. Los hombres blancos sin conexiones también accedían con frecuencia, si venían rodeados de unas cuantas mujeres de buen ver. Y, otra cosa que apunta Rivera, dejaban entrar de forma rutinaria a un borracho agresivo porque era un cliente bien relacionado.

Decisiones divisorias
Como todos los indicadores de estatus, los que usaban los porteros pueden servir para dividir a la gente. Las distinciones de estatus determinan lo que cada uno consigue y, por tanto, crean desigualdades. En un local nocturno, la distinción entre Prada y Levi’s puede determinar quién se codea con el escalafón más alto. Pero en otros contextos, una distinción igualmente superficial puede, por ejemplo, determinar quién entra en un club de yates o en Harvard. Varios estudios han descubierto que a las personas que han sido etiquetadas como de bajo estatus les dan menos oportunidades, se les anima menos, se les evalúa más duramente y, con frecuencia, tienen peor rendimiento a largo plazo como resultado de su frustración. En su manuscrito, Rivera escribe: “Las distinciones de estatus entre actores, que pueden darse en un primer momento por diferencias menores e incluso triviales, crean rápidamente sistemas de desigualdad poderosos y duraderos”. Mantienen el status quo.

“Este estudio probablemente no cambiará la forma de llevar los locales nocturnos”, observa Rivera. “Pero podría ser una llamada de atención sobre la complicación y los matices del estatus social”.