Testosterona. La mera palabra nos trae imágenes de físico culturistas musculosos y matones peleadores, pero la hormona, esencial para el desarrollo humano tanto masculino como femenino, ha recibido una tremenda atención últimamente. Aunque en principio se estudió por su capacidad para potenciar los músculos, los estudios más recientes sobre la testosterona han investigado el papel de este esteroide en una multitud de aspectos, desde el desarrollo prenatal hasta la agresión social, la calvicie y ahora la capacidad de un individuo para tolerar el riesgo financiero.

Los vínculos de la testosterona con el comportamiento de riesgo no son nada nuevo. Y aunque un estudio reciente ha demostrado que las mujeres tienen por lo general más aversión al riesgo que los hombres, ningún estudio previo ha relacionado estas tendencias con la testosterona. En un trabajo publicado en el número de esta semana de Proceedings of the National Academy of Science, Paola Sapienza (Profesora titular de Finanzas y Zell Center Faculty Fellow de la Kellogg School of Management), Luigi Zingales (Profesor de Iniciativa empresarial y finanzas de la University of Chicago), y Dario Maestripieri (Profesor de Desarrollo humano comparativo de la University of Chicago) demuestran que los niveles de testosterona están relacionados tanto con correr riesgos financieros como con la elección de profesión. La gente con niveles moderadamente altos de esta hormona afrontaban las decisiones monetarias con menos precaución y se decidían más por los trabajos en finanzas.

“Los resultados son de alguna forma sorprendentes porque el efecto es mucho más fuerte entre las mujeres” señala Sapienza. “Nos sorprendimos de que el efecto no esté presente en los miembros de la especie conocida por la testosterona”.

Evaluar la aversión al riesgo

Sapienza y sus colaboradores iniciaron el estudio en 2006 midiendo el cociente entre los dedos índice y anular (correlato de la exposición prenatal a la testosterona) y recogiendo saliva para determinar los niveles de testosterona de 460 estudiantes de MBA, una muestra extraordinariamente amplia para un estudio de este tipo. Mientras la primera ronda de muestras de saliva se enviaba urgentemente desde la Universidad de Chicago hasta la Northwestern para su análisis, los estudiantes participaron en un sorteo cuidadosamente planificado—lo que Sapienza llama “una medida experimental estándar de la aversión al riesgo” en las disciplinas económicas. Luego, los investigadores recopilaron información sobre la elección profesional de cada uno de los participantes.

En el sorteo, los participantes elegían entre la posibilidad de ganar $200 o un premio garantizado pero de menor valor. En cada ronda sucesiva, la cifra garantizada se subía un poco más, cerrando la brecha entre el premio seguro y el premio incierto. Aunque algunos de los estudiantes eligieron de forma consistente el premio arriesgado y otros el premio seguro, muchos se quedaron en un puesto intermedio. Lo que más interesaba a Sapienza y sus colaboradores era el punto en el que la gente pasaba de arriesgarse en la lotería a quedarse con el premio garantizado, y la relación entre estas decisiones y sus niveles de testosterona.

Sus resultados desafían al menos un cliché, el de que los adictos al riesgo tienen alta testosterona. Los individuos cuya testosterona estaba por encima de un cierto nivel no tenían mayor probabilidad de seleccionar la lotería que el premio seguro. Pero por debajo de ese umbral, el riesgo financiero y la testosterona iban muy ligados, tanto en el sorteo como en las carreras elegidas finalmente por los estudiantes. La tendencia al juego de la lotería fue especialmente evidente entre las mujeres. Los niveles más bajos de la hormona se correlacionaron con una mayor precaución financiera, y los niveles más bajos de testosterona los tenían en más ocasiones las mujeres.

Algo más que género

Aunque el género puede explicar parte de esta variación, el verdadero motor podría ser la hormona misma. Cuando Sapienza y sus colaboradores examinaron las elecciones profesionales de los que quedaban por debajo del umbral de testosterona mencionado arriba, no observaron una diferencia muy significativa entre los dos géneros. Era la testosterona más alta, y no el género, la que definía quiénes optaban por trabajar en las finanzas.

Aún así, el poseer un mayor nivel de testosterona no hace de uno un experto en finanzas. Un mayor riesgo puede conllevar una mayor recompensa, pero Sapienza nos avisa de que ella y sus colaboradores no determinaron un nivel “óptimo” de la hormona, uno que equilibrara los beneficios con los detrimentos.

“Existe el concepto erróneo de que la testosterona alta es siempre una cosa buena”, dice Sapienza. Pero de hecho, continúa diciendo, los estudios médicos han demostrado que un alto nivel de testosterona está asociado con muchos problemas de salud. Ahora parece que la testosterona también podría provocar costos financieros.

Pero Sapienza y sus colaboradores están sólo en la primera etapa del descubrimiento de los vínculos entre testosterona y riesgo financiero. Este estudio ha sido la primera parte de un colosal proyecto de cuarenta años. Los participantes continuarán documentando sus acontecimientos vitales, desde los mundanos a los memorables, mediante encuestas periódicas. Sapienza y sus colaboradores extraerán esta riqueza de información en los próximos años, y estudiarán el papel de la testosterona en todos los aspectos, desde la elección de un estilo de vida hasta las carteras financieras.