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MUFG Bank Distinguished Professor of International Finance; Professor of Finance; Faculty Director of the EMBA Program

Michael Meier
El valle del Douro puede parecer un lugar extraño para aprender sobre liderazgo. Sus suelos son pobres, sus laderas son extraordinariamente escarpadas y cada cosecha está a merced del tiempo. Sin embargo, tras toda una vida dedicada al cultivo de viñedos en esa zona, António Magalhães ha desarrollado una filosofía del liderazgo tan singular como los vinos que produce la región.
Los viñedos de la región cuentan con una larga tradición en la elaboración de algunos de los mejores vinos de mesa y de Oporto del mundo. António ocupó el cargo de viticultor jefe en Taylor Fladgate, una de las bodegas de Oporto más prestigiosas, durante más de tres décadas.
Según Sergio Rebelo, profesor de finanzas en la Kellogg School of Management y entusiasta de los vinos portugueses: «A lo largo de su trayectoria profesional en el Douro, António se ganó una reputación no solo por producir uvas excepcionales, sino también por combinar el rigor científico, la perspectiva histórica, el criterio práctico y un profundo respeto por las personas que trabajan la tierra».
Tras la jubilación de António, Rebelo mantuvo con él una serie de conversaciones —documentadas en el blog Salt of Portugal— sobre las lecciones que António ha extraído de su andadura profesional en los viñedos. Kellogg Insight habló con Rebelo sobre lo que esta vocación tan singular nos puede enseñar sobre el liderazgo empresarial.
Una de las prácticas más antiguas de la región del Douro es, a primera vista, ineficiente: los viticultores plantan diferentes variedades de uva en el mismo viñedo. Dado que estas variedades suelen madurar a ritmos distintos, puede ser necesario vendimiarlas en momentos diferentes.
Sin embargo, estas «mezclas de campo» actúan como cortafuegos contra la propagación de virus y hongos, ya que las variedades de uva presentan diferentes grados de sensibilidad ante determinadas enfermedades.
«Juntas, resultan mucho más resistentes que cualquier variedad por sí sola», afirma Rebelo.
«La tendencia actual en el valle del Douro es plantar únicamente las cuatro variedades principales de uva —afirma Rebelo—. La lógica es: “Estas son excelentes, así que ¿para qué plantar otras?”. Pero António no está de acuerdo con este planteamiento».
Él es partidario de plantar diferentes variedades y cultivar viñedos a distintas altitudes y con distintas orientaciones, lo que ofrece a los productores de vino una paleta más amplia a partir de la cual elaborar sus vinos.
Hay años en los que una variedad puede parecer innecesaria. Pero entonces llega una sequía, una ola de calor o una temporada excepcionalmente lluviosa, y esa variedad olvidada pasa a ser imprescindible.
Rebelo ve aquí un paralelismo directo con el mundo empresarial. La diversificación —en productos, mercados, proveedores y fuentes de financiación— puede parecer ineficiente en épocas de bonanza. Sin embargo, la resiliencia nos prepara para un futuro que no podemos predecir.
A primera vista, el valle del Douro no parece el lugar ideal para la elaboración de vino. Su suelo es muy pobre y contiene poca materia orgánica. Las colinas están formadas principalmente por una roca pizarrosa llamada esquisto que hubo que romper —primero con picos y después con martillos neumáticos— para poder plantar las vides.
En comparación con las regiones donde el terreno es llano y el suelo fértil, los viñedos del Douro obtienen rendimientos más bajos. Sin embargo, la calidad de las uvas y la longevidad de las vides compensan con creces lo que pierden en cantidad.
«Las vides prosperan porque tienen que luchar —afirma Rebelo—. La adversidad obliga a la vid a echar raíces profundas. A menudo, lo mismo ocurre con las personas y las empresas».
Para António, el liderazgo comienza por la observación. Antes de cambiar un sistema, hay que comprender por qué ha evolucionado de esa manera.
En el valle del Douro, esto implica saber con precisión qué variedades de uva crecen mejor en qué lugares. Cultivar una variedad en la ladera oriental del valle o en una terraza situada a mayor altura en un cañón puede influir enormemente en los vinos resultantes.
«Escuche lo que le dice el paisaje —afirma António—. Los antiguos muros indican dónde sobrevivían antaño las vides sin riego. Las terrazas abandonadas suelen marcar los límites más allá de los cuales la calidad deja de estar garantizada. Las mejores lecciones están escritas en la piedra, no en los mapas».
António considera que los conocimientos acumulados por las generaciones anteriores son un activo estratégico y no una mera curiosidad histórica. Además, se muestra escéptico ante la idea de importar al valle del Douro técnicas y conceptos agrícolas de otras regiones y dar por sentado que funcionarán.
Pero António no defiende la tradición por la tradición misma. Está dispuesto a experimentar y a aprender de otros campos. Tras visitar un viñedo en California, él y el enólogo jefe de Taylor, David Guimaraens, reconsideraron la forma en que se construían las terrazas en el Douro.
Se dieron cuenta de que una suave pendiente de tres grados permitiría que el agua de lluvia escurriera de forma natural sin llevarse consigo el valioso suelo. Adaptaron una tecnología guiada por láser concebida originalmente para la nivelación de los arrozales y rediseñaron las terrazas con extraordinaria precisión. Esta innovación se extendió por toda la región, lo que transformó la gestión de los viñedos y ayudó a los viticultores del Douro a enfrentarse mejor a unas lluvias cada vez más intensas.
António insiste en que, cuando se adquiere un viñedo, lo último que se debe hacer es precipitarse a realizar cambios radicales o reformarlo por completo. Más bien hay que tomarse el tiempo necesario para observar, aprender, experimentar y reflexionar sobre los efectos que cualquier cambio pueda tener en la cosecha.
«En las empresas, muchos nuevos líderes se sienten presionados para dejar su huella de inmediato —afirma Rebelo—. Puede ser difícil resistirse al impulso de actuar. Pero los viñedos nos enseñan una lección diferente: hay que observar con atención antes de actuar, porque las consecuencias de las decisiones que se tomen hoy quizá no se hagan visibles hasta dentro de muchos años».
Recuerda un intento anterior de construir terrazas más amplias con el fin de facilitar la vendimia. La idea parecía sensata en aquel momento. No fue sino años más tarde cuando los productores de vino descubrieron que un cambio destinado a mejorar la eficiencia había mermado tanto la calidad de la uva como la resiliencia del viñedo.
En 1992, António aprendió la importancia de esperar hasta el momento adecuado para realizar la vendimia. Pasaban los días y las uvas no alcanzaban aún su plena madurez. Muchos productores vendimiaron. Pero el equipo de Taylor decidió esperar, sabiendo que se necesitaba un poco de lluvia para que las uvas alcanzaran su punto óptimo.
Su paciencia se vio recompensada de forma espectacular. Llegó la lluvia y las uvas alcanzaron su plena madurez. El fruto de aquella vendimia, el Oporto Vintage 1992 de Taylor Fladgate, acabaría recibiendo una puntuación perfecta por parte del crítico de vinos Robert Parker. Este episodio le enseñó a António que el liderazgo a veces exige el valor de saber esperar cuando los demás se precipitan a actuar.
António afirma que «el trabajo agrícola es duro, y quienes lo realizan merecen nuestro más profundo respeto. Nunca pida a nadie que realice una tarea sin explicarle primero cuál es su propósito y por qué es importante».
Esta filosofía ayuda a explicar la extraordinaria lealtad que inspira.
«Aunque está al mando, trata a todo el mundo con respeto —afirma Rebelo—. Anima a las personas de todos los niveles de la empresa a aportar ideas y ayudar a resolver problemas».
António también siente que es su deber formar a la próxima generación de viticultores. En su opinión, el liderazgo no se mide por lo que uno consigue personalmente, sino por lo que perdura una vez que uno ya no está. Esa filosofía marca la forma en que trabaja con su equipo.
Anima a los integrantes de su equipo a cultivar sus propios viñedos. «Es el mismo trabajo —dice Rebelo—. Pero la propiedad transforma la mentalidad de las personas. Dejan de comportarse como empleados y empiezan a pensar como empresarios».
António describe a menudo la vida en el Douro como una carrera de relevos: «No se elige el punto de partida y jamás se ve la línea de meta». Se hereda un viñedo de quienes vinieron antes, se mejora a base de buen criterio y esfuerzo, y se transmite fortalecido, en mejores condiciones que cuando se recibió.
«Lo mismo ocurre con las empresas —afirma Rebelo—. El liderazgo no consiste en la propiedad, sino en la custodia: en dejar a las personas, las instituciones y las comunidades más fortalecidas para la próxima generación».
Fred Schmalz is art and business editor of Kellogg Insight.