Keith Murnighan no se anda con rodeos: "No sé ustedes, pero yo prefiero tener más ingresos que menos. ¿Pero acaso eso me hace más feliz? De hecho, más bien me agobia, porque tengo miedo de perderlos". Así describe Murnighan, psicólogo de profesión y profesor de administración y organizaciones en la Kellogg School, su propia experiencia de una de las más famosas conclusiones de las ciencias sociales: la paradoja de Easterlin, según la cual, más allá de cierto umbral el dinero ya no compra la felicidad; de hecho, más bien parece erosionarla seriamente. Pero Murnighan quería también explorar la intersección entre la ética y la interrelación de los ingresos con la felicidad. Dice: "Yo enseño ética y liderazgo en nuestro programa de MBA (Maestría en Administración de Empresas) para ejecutivos, y a menudo comentamos el hecho de que en algunos países la corrupción, el soborno y otros comportamientos reprochables se dan por hechos: es así como se hacen los negocios. Pero yo sospecho que, por muy generalizado que esté el soborno, la gente entiende perfectamente que no es un comportamiento ético y que tiene todo tipo de consecuencias sociales negativas".

Murnighan, en colaboración con su coautor, Long Wang, de la City University of Hong Kong, decidió investigar las relaciones entre el dinero, las emociones y la ética a nivel de las personas y de países enteros. "Parte de lo que hemos estudiado en el pasado es la avaricia", dice. "Platón y Aristóteles decían que la avaricia es miope, una afirmación que nuestros datos corroboran ampliamente 2000 años después. Si aceptamos esto, la siguiente pregunta lógica es: a medida que crecen nuestros ingresos, ¿nos volvemos menos tolerantes de los comportamientos faltos de ética o más?"

Altos ingresos, fuertes impactos

Para estudiar esta cuestión empíricamente, Murnighan y Wang muestrearon datos de la Encuesta Mundial de Valores de 2005–2006, en la que se pidió a encuestados de 27 países que indicaran sus ingresos, evaluaran su estado de felicidad en una escala del uno al diez, y señalaran hasta qué punto les parecían aceptables ciertos comportamientos reprobables generalizados (como por ejemplo, engañar en el pago de impuestos o evitar pagar el billete en un transporte público). "Incluso las personas más normales y corrientes sienten la tentación de decir: 'Sí, eso está bien'", dice Murnighan.

Él y Wang también muestrearon datos de encuestas sobre la corrupción en 55 países derivados del Informe sobre Competitividad Global del Banco Mundial, y de las puntuaciones en materia de felicidad de los mismos países procedentes de la Base de Datos Mundial de la Felicidad. "Estas otras bases de datos nos permitieron combinar estas preguntas de una forma novedosa para ver qué resultados obteníamos", dice Murnighan. "No es característico de mi investigación anterior, que casi toda ha tenido lugar en el laboratorio. Pero lo bueno que tienen los tiempos en que vivimos es que podemos utilizar este tipo de datos para analizar con detalle los dilemas éticos a gran escala. Y hay que decir que nos sorprendieron totalmente los resultados".

Esos resultados, que Murnighan y Wang califican de "provocadores", ponen de manifiesto una relación entre el dinero, la felicidad y la ética que, según Murnighan, "revela quiénes son las personas de las que tal vez sea mejor no fiarse". De los 27 672 encuestados cuyos datos se analizaron, los más inclinados a no condenar los comportamientos faltos de ética fueron los que indicaban tener un bajo nivel de felicidad, pero un elevado nivel de ingresos. Al mismo tiempo, dice Murnighan, "el resultado individual más contundente es el de la combinación de altos ingresos y satisfacción con la vida: esas son las personas que más condenan los comportamientos poco éticos". Ampliando el enfoque a nivel de país, Murnighan y Wang determinan que "cuanto más corrupción hay, menos feliz es la gente".

Rico, feliz y ético

Según Murnighan, estos resultados permiten vislumbrar con “poderosa” claridad los factores económicos que influyen en la felicidad a nivel micro y macro. "La satisfacción con la vida y la felicidad son logros deseables para las personas y para las sociedades en su totalidad", dice. "No sabemos cuál es la causa de qué: ¿acaso ser rico y feliz lo hace a uno más ético, o ser más ético lo hace a uno más rico y feliz? Pero sí podemos demostrar que las personas que encaran la vida con brío y optimismo, y que además resulta ser que perciben ingresos altos, suelen ser las más dignas de confianza".

En cuanto a la otra fuerte correlación entre los altos ingresos, la poca satisfacción con la vida y la tolerancia ante la falta de ética, Murnighan especula que "puede que una persona rica e infeliz se sienta mal debido a su propio comportamiento poco ético, pero es posible que ese mismo comportamiento fuese lo que la enriqueció en primer lugar".

Aunque las investigaciones no arrojan luz sobre las relaciones de causa y efecto entre el dinero, la felicidad y la ética, Murnighan sospecha que "es probable el punto de partida sean los ingresos"; en otras palabras, es posible que disponer de una buena cantidad de dinero proporcione la "holgura" psicológica suficiente para considerar éticamente las necesidades y perspectivas de los demás, lo que a su vez cause una sensación de bienestar. Por otro lado, tampoco sorprende que los que han acumulado grandes riquezas de manera poco ética sean sumamente tolerantes de los comportamientos poco éticos. Pero, como insinuaban Platón y Aristóteles, es posible que los sentimientos positivos de bienestar no formen parte de esa ecuación. "Es una hipótesis que me gustaría someter a prueba", dice Murnighan.

También señala que las conclusiones más amplias sobre la corrupción y la felicidad serán un polo de atracción para investigaciones ulteriores e intervenciones políticas. "Nos proporcionan otro argumento más para luchar contra la corrupción", afirma. "Está claro que luchamos contra ella porque perjudica a las personas. Pero si reducir la corrupción también ayuda a crear una sociedad más feliz y atractiva en general, es una razón de más".